El catálogo machista de las emociones (1/6)

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Laura, la esposa de Antonio, está sumamente preocupada por él. Lo describe como un hombre exitoso, ampliamente conocido en el mundo de los negocios, que ha alcanzado todas las metas que se ha propuesto. Ama a su esposa y a sus hijos, y tiene todo lo que un hombre podría desear. Pero a cada rato e pela con ella, sus hermanos y amigos, y ha provocado rupturas con todos sus socios. ¿Su explicación? Antonio dice que todos son unos idiotas, que no se puede contar con nadie; que para que las cosas salgan bien, es necesario hacerlas uno mismo. Se queja constantemente de la falta de apoyo que percibe a su alrededor; no entiende por qué su esposa, sus hijos y secretaria no pueden estar a su disposición cuando él los necesita. En casa tiene arranques de rabia inexplicables, que lo traban de tal manera que tiene que ir a encerrarse a ver la televisión para que se le pasen. Pero nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que le sucede, porque no le gusta hablar de lo que siente. Dice Laura: “Cuando murió mi suegro hace unos años, estuvo de pésimo humor durante meses. Yo le preguntaba si estaba triste, y sólo me decía que no tenía nada y que lo dejara en paz”. Antonio, de 44 años, ha tenido varias úlceras. Su esposa piensa que bebe demasiado, pero él considera que la bebida es uno de los pocos placeres que tiene en la vida y no ve por qué tendría que dejarla. “En sin”, dice Laura, “es como si ya no tuviera esposo. Hace mucho tiempo que dejó de interesarse en mí y en sus hijos”.

Estoy segura de que muchas mujeres habrán reconocido, en este retrato, a su esposo, padre o hermano. Quizá algunos hombres también se hayan reconocido, aunque supongo que muchos de ellos argumentarán: “No soy yo, yo nunca he tenido una úlcera”. Pero este tipo de individuo es muy común, y no sólo en México. ¿Por qué hay tantos hombres así? Pienso que la respuesta está en una de las capas más profundas del machismo invisible: el manejo de las emociones. En este capítulo, después de revisar algunas características generales de la vida afectiva, analizaré lo que podríamos llamar el catálogo machista de las emociones.

Las emociones no son un asunto meramente personal

Las emociones son el lubricante de la convivencia humana. Estamos acostumbrados a pensar en ellas como estados de ánimo que conciernen sólo al que los siente, pero esto no es así. La investigación reciente nos muestra que las emociones afectan no sólo a los individuos sino a todas las relaciones personales y sociales. Y si bien todos tenemos emociones, no todos estamos conscientes de ellas, ni las experimentamos, de la misma manera. Hay cada vez más evidencia que nuestra forma individual de sentir y expresar las emociones tiene un efecto decisivo sobre nuestra salud física, nuestra experiencia de vida, nuestra capacidad para el aprendizaje y el trabajo, y las dinámicas personales y sociales en las que participamos. Nuestras emociones determinan en gran parte cómo nos relacionamos, y con quién, y nos empujan en un sentido o en otro en todas las decisiones que tomamos. Es por ello que su estudio se ha vuelto un tema relevante para toda reflexión psicológica, médica y social hoy en día.

Historia de la emociones

Tres campos del conocimiento, en particular, han influido en el análisis contemporáneo de las emociones. En primer lugar, la investigación histórica de las últimas décadas nos ha revelado que, si bien las emociones básicas que conforman la condición humana son universales, nuestra interpretación de ellas, la importancia que les damos y cómo las manejamos dependen de nuestro contexto histórico. La sensibilidad occidental no es la misma que la oriental ni es la misma en una sociedad industrializada que en un país en vías de desarrollo, ni es la misma al principio del siglo XXI que en la Edad Media o en el siglo XIX, La industrialización y la urbanización, en particular, han transformado lo que sentimos y nuestra manera de hablar de ello, La creciente complejidad de nuestra vida personal, familiar, laboral y social ha creado nuevas expectativas, nuevas formas de relación y nuevas maneras de manejar nuestra vida afectiva. Por ejemplo, es evidente que el surgimiento (y la paulatina desintegración) de la familia nuclear en los siglos XIX y XX crearon dinámicas familiares diferentes a la que existían en la era preindustrial: las relaciones entre esposos, entre padres e hijos y entre hermanos han cambiado sustancialmente desde el sigo XVIII. Asimismo, la globalización ha creado y diseminado nuevas formas de sentir y expresar las emociones.

En la actualidad se pueden experimentar y decir cosas que antes eran prohibidas o incluso inconcebibles, como el odio entre miembros de una familia, el desacuerdo de una mujer con su marido, el deseo sexual fuera del matrimonio, el amor homosexual o el cuestionamiento abierto de los valores recibidos. Por otra parte, la transformación profunda del estatus de las mujeres en el último medio siglo ha cambiado radicalmente lo que ellas pueden sentir, decir y hacer en torno a sus emociones. La anticoncepción, el menos número de hijos, la posibilidad del divorcio, el nivel educativo más elevado de las mujeres y su creciente participación en todas las áreas de la actividad humana han expandido de manera exponencial su sensibilidad personal, familiar y social. Incluso es muy posible que la verbalización de los sentimientos que hoy en día consideramos como un atributo “natural” de las mujeres, sea en realidad la manifestación, a veces excesiva, de una libertad de expresión recién conquistada. Antes, no era tan aceptable que las mujeres verbalizaran su descontento, su enojo o sencillamente su opinión.

Lo cierto es que este cambio en la condición de las mujeres ha transformado todas las relaciones personales, familiares y sociales. Y esto a su vez ha afectado la sensibilidad masculina, así como toda la relación entre los sexos y las reglas del juego en la vida afectiva. Un hombre severo e inflexible, cerrado a toda expresión de los sentimientos y a todo cuestionamiento de su autoridad, era perfectamente digno y normal en la Inglaterra victoriana; hoy, en los albores del siglo XXI, aparece como un ser humano singularmente limitado, rayando en lo patético. La historia, al brindarnos marcos de referencia distintos, nos permite relativizar y entender mejor la evolución de la vida afectiva.

El estudio de las emociones

Por otra parte, la investigación psicológica desde las últimas décadas del siglo XX le ha dado una relevancia muy importante a la vida emocional, al estudiarla de una manera cada vez más precisa desde el punto de vista químico, neurológico, e incluso inmunológico. Por primera vez, los científicos  disponen de una serie de herramientas que les permiten estudiar la bioquímica de las emociones y su impacto en el cuerpo y la mente. Desde los años 1980, en efecto, se ha publicado un sinfín de libros y artículos sobre el efecto de las emociones en la salud física y psicológica, el aprendizaje, el desempeño laboral y social de las personas. Algunos autores—como Daniel Goleman en su libro Emotional Intelligence—han sostenido incluso que el manejo de las emociones es un factor mucho más importante que el coeficiente intelectual y la formación académica en el buen desempeño personal y laboral. Es más, argumenta Goleman, en la era de la información y la globalización, la actividad económica dependerá cada vez más de grupos y redes de trabajo en los cuales las relaciones interpersonales cobrarán una importancia central. El campo de acción del individuo aislado se ha visto restringido por las necesidades de la era postindustrial. Sobre todo en el sector de servicios, la naturaleza del trabajo y la estructura corporativa requieren ya no sólo de individuos preparados, sino de personas que tengan la suficiente “inteligencia emocional” para funcionar bien en grupos, comunicarse adecuadamente y adaptarse a un mundo en constante transformación.

El análisis de género

Finalmente, los estudios de género han examinado las diferencias entre la vida afectiva de hombres y mujeres. Han descubierto que la educación de los niños, prácticamente desde la cuna, promueve distinciones importantes entre la manera de sentir, expresar y manejar las emociones en niños y niñas. A partir de los dos o tres años, emociones como el miedo, el enojo, la tristeza, se viven de manera muy diferente según el sexo. Esto ocurre porque los niños, desde una edad muy temprana, aprenden a manejar sus emociones principalmente a través de la imitación de sus padres, sus pares, y los modelos culturales que los rodean. También aprenden a través de las reacciones que encuentran al manifestar sus emociones: éstas pueden ser recibidas con aprobación, rechazo, descalificación o indiferencia. Por ejemplo, si cada vez que un niño expresa miedo sus padres lo regañan, poco a poco aprenderá a censurar la expresión, y quizá hasta la percepción del temor, en sí mismo. Si a una niña se le regaña cada vez que manifiesta abiertamente el enojo, aprenderá a reprimir el enojo o a expresarlo de forma indirecta. Y así es como logramos crear hombres que jamás tienen miedo y mujeres que nunca se enojan.

¿Cómo interviene el machismo en todo esto? Si consideramos el machismo como un código cultural que incluye n modelo del “verdadero hombre” y las normas de conducta asociadas a él, veremos que en este código ciertas emociones son permitidas y otras no. Si consideramos finalmente que en esta división del trabajo afectivo los roles masculinos y femeninos se contraponenes decir, los hombres deben alejarse lo más posible de los atributos “femeninos” para afirmar su masculinidad,entonces veremos que las emociones prohibidas de cada lado le serán asignadas necesariamente al otro lado. Si los hombres no deben ser miedosos, entonces las mujeres lo serán. Veamos en detalle cómo funciona todo esto.

¿Cuáles son las emociones básicas? Desde los tiempos de Darwin, quien publicó en 1872 un libro intitulado La expresión de las emociones en el hombre y los animales, psicólogos y antropólogos han intentado establecer un catálogo de las emociones universales—las que existen, se manifiestan y se reconocen en todas partes—. En un ejemplo reciente, el investigador Paul Ekman tomó fotos de diferentes expresiones faciales en el mundo entero, y encontró que cuatro de ellas—el miedo, el enojo, la tristeza y la alegría—son inmediatamente reconocibles por cualquier persona en cualquier tipo de sociedad. Goleman añade el amor, la sorpresa, el asco y la vergüenza. Por supuesto, existe un sinfín de variaciones y combinaciones alrededor de las emociones básicas, incluyendo las contrarias—por ejemplo, el valor, que es el opuesto al miedo, o la desesperación, que puede considerarse como una combinación de enojo, miedo y tristeza—. Ahora bien, si examinamos cada una de estas emociones desde una perspectiva de género, veremos que en muchas culturas existe una demarcación entre las que son aceptadas para los hombres y las que son “propias” para las mujeres, según los valores del machismo. En próximas entradas examinaremos primero las emociones “prohibidas” para los hombres, y luego las que les son “permitidas”.

 

 

Esta entrada es parte del libro El machismo invisible de Marina Castañeda, y es la primera parte de una serie de seis.

Imagen de Joshua Miels.

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