Por qué hablar sobre ‘masculinidad saludable’ es como hablar sobre ‘cáncer saludable’

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Puedo entender—de verdad—por qué muchas de las personas criadas para ser hombres están en busca de un sentido generizado de sí mismos que se separe y sea distinto de todo aquello que últimamente ha sido denunciado como masculinidad tóxica. Hoy en día las personas con pene* tendrían que ser verdaderamente despistadas para no darse cuenta de todos los comportamientos de demostración de masculinidad que han sido criticados como un peligro para el bienestar (de uno mismo y de otras personas). Sin importar cuánto esa persona con pene acepte la creciente crítica de la masculinidad problemática estándar, debe estar preguntándose con toda razón qué comportamientos de autenticación de masculinidad están exentos de lo mencionado: ¿Cuáles son las formas de «actuar como un hombre» que definitivamente evitan que uno caiga en ser un «hombre malo»? O, para ponerlo más personal: ¿Qué es exactamente lo que uno hace hoy en día para habitar una identidad masculina positiva que se sienta—y sea—digna de respeto (por parte de uno mismo y de otras personas)?

Al mismo tiempo—como si fuera un universo alterno—existen muchísimas personas criadas para ser hombres que han sido expuestas a la crítica de la masculinidad pero que la rechazan y se resisten a ella con todo su ser, casi a un nivel celular, de la misma manera en la que el sistema inmune de un organismo genera anticuerpos para ahuyentar una infección. Para estas personas con pene, la crítica hacia cualquier tipo de masculinidad es experimentada como un ataque hacia toda la masculinidad. Cocinar a fuego lento resentimiento, hacer erupción en ira, y vengarse son tan solo algunos de los síntomas de su tensión emocional. Lo que está ocurriendo por dentro—donde ellos sienten su auténtico «Éste es quien soy»—es una batalla de vida o muerte contra lo que a su percepción representa la aniquilación personal.

Sólo para ser más claro, nombraré estas dos caracterizaciones Reformistas y Conservadores. Por supuesto que estos no son los únicos segmentos de la población con pene. Pero asumiré que estos dos son lo suficientemente prominentes para que la mayoría de los lectores los reconozcan con facilidad. Y asumiré, posteriormente, que la mayoría de los lectores tienen un tipo de juicio determinado hacia cada una de estas dos personas. Es probable que la mayoría piense, uno es mejor que el otro. Uno es el Tipo Bueno y el otro es el Tipo Malo. Y sin importar si tú crees que los Reformistas son en verdad los tipos buenos o si lo son los Conservadores, lo que probablemente estás pensando es que uno hace el trabajo de «ejercer la masculinidad» de forma superior y que el otro hace un trabajo inferior.

¿Percibes cómo el esquema de categorización mejor-que/peor-que entra mentalmente en juego? Se dispara como un hábito cada que a nuestra aculturada corteza cerebral se le presenta cualquier cuestión que tenga que ver con masculinidad. El cerebro ha sido condicionado desde la infancia para percibir la identidad de género social masculina a través de un lente de mejor-que/peor-que. Es como hemos aprendido a vivir la identidad, y es como todos aprendemos a reconocer «quién es el hombre ahí». Es también la forma en la que algunos de nosotros personificamos una masculinidad creíble si y cuando podemos, y es de lo que todos nosotros tratamos de mantenernos a salvo si y cuando no podemos. Debido a que esta tipología interna de superior/inferior está tan inextricablemente ligada a nuestra cognición interaccional de a identidad de género masculina, no me sorprende que ni Reformistas ni Conservadores lleguen a pensar de forma muy crítica sobre la cuestión.

Pero debemos hacerlo. En verdad debemos. Nuestra vida depende de ello.

Por motivos implícitos en mi párrafo de apertura sobre los Reformistas, la noción de «masculinidad saludable» ha sido acaparada por muchos círculos en los últimos años. La gente hace reuniones al respecto, se organizan y llevan a cabo talleres sobre eso, twittean y bloguean al respecto, y en general trabajan a consciencia en hacer que el concepto signifique algo viable y valioso que pueda llenar ese vacío en la vida de los Reformistas—el hueco abierto cuando, hace algunas décadas, «Él actúa como todo un hombre» comenzó a pasar de ser un elogio a ser despectivo.

Los Conservadores, claro está, no piensan que haya absolutamente nada de malo con la masculinidad. Y ellos definitivamente creen que la masculinidad no debe ser impugnada—como, en realidad, está siendo—por la expresión «masculinidad saludable». Imagina cómo se sentiría un paciente con cáncer si un nuevo e ilustrado compañero de camilla comenzara a jactarse de tener un cáncer saludable. Probablemente se ofendería. Tal vez se molestaría. De forma similar, un Conservador jamás sera persuadido de que la masculinidad a la que él aspira y que personifica no es saludable, o que es un tipo de aflicción. En su lugar, el Conservador considerará la insinuación de «masculinidad saludable» per se como una amenaza de muerte.

Ahora, llámame loco, pero no veo mucha promesa de largo plazo si les hablara sólo a los Reformistas o sólo a los Conservadores. Y ciertamente no veo ventaja alguna en enviar un mensaje—”masculinidad saludable”—que de seguro exacerba la ansiedad de género de cualquiera que no crea que suscribirse a la masculinidad análoga es enfermizo. Cerrar el diálogo con los Conservadores desde el punto de partida hablando de «masculinidad saludable o no saludable» en el mejor de los casos, es en vano y contraproducente, y en el peor, incendiario. Numéricamente los Conservadores representan gran parte de la población con pene; probablemente representan mayor número que los Reformistas, quienes aún son una minoría dentro de la cultura conservadora-dominante. Pero a demás de ser un detonante desencanto para los Conservadores, existe un problema aún mayor al hablar de «masculinidad saludable»: Está basada en una bienintencionada pero finalmente defectuosa premisa. No es la solución al problema. De hecho, es una «cura» que fortalece la «enfermedad».

Muchos camaradas de buena voluntad desean que lo que sea que esté mal con la identidad de género social masculina se arregle de forma integral. Su esperanza es que el arreglo aparte todos esos arrebatos propios de la identidad de género masculina que son bien conocidos por causar daños colaterales. Ellos quieren vivir en un mundo en donde no haya necesidad de temerle a alguien simplemente porque nació con pene y fue socializado para ser un hombre. En resumen, ellos anhelan mayor armonía entre los seres humanos que la que en el presente acostumbramos tener en este planeta.

Pero he aquí el problema: Ningún movimiento o campaña para remediar la masculinidad puede por sí mismo replicar el arte ventajoso del mejor-que/peor-que sobre el cuál—dentro de la cabeza de todos—la masculinidad se declara por definición. Cada que nuestros cerebros aculturados desean identificar a ciertas personas con pene que están «llevando a cabo la masculinidad» de forma superior, estamos reactivando los mismos esquemas mentales que se nos fueron grabados cuando presenciamos, o participamos en, nuestras anteriores peleas mano-a-mano. Alguien era el victorioso. Alguien el perdedor. Esa era la forma en la que aprendimos el significado de «masculinidad». Y ese prototipo de definición ganador/perdedor, dominante/subordinado, no se puede simplemente desvanecer en el viento.

En su lugar debemos descubrir una manera de volver a capacitar a nuestros cerebros, y reestructurar lo que precisamente es el problema. Para explicar lo que quiero decir, me permitiré divagar un poco y hablaré sobre lo que se conoce como capacitación para la intervención del testigo.

Básicamente la capacitación para la intervención del testigo es un programa para habilitar a las personas con pene con habilidades de comunicación, empatía, inteligencia emocional, tácticas relacionales, y sentido de voluntad personal para intervenir cuando observan que otra persona está a punto de cometer acoso o abuso sexual. La capacitación para la intervención del testigo esta ampliamente considerada como una de los medios más efectivos de prevención primaria de abuso sexual en situaciones sociales como bares y fiestas donde probablemente haya espectadores.

Gran parte del programa consiste en enseñar a quienes desean capacitarse (quienes tienden a ser Reformistas) cómo abordar a una o muchas personas con pene (quienes con frecuencia, mas no siempre, tienden a ser Conservadores) de forma que interrumpan de manera efectiva un probable abuso en progreso, generen una opción de salida para una probable víctima, y—aquí está lo complicado—no se precipiten en una pelea de gallos con el probable perpetrador.

Hay muchos aspectos de la capacitación para la intervención del testigo que valen la pena pero en el que me quiero enfocar es este: Se trata de poner en práctica tu voluntad moral sin tratar de probar tu masculinidad. Ésta es una disciplina que se puede aprender, replicar y recordar. Una de las razones por las que la persona que desea capacitarse sabe que la disciplina es importante es que conoce perfectamente bien lo que puede suceder si en efecto decide tratar de probar su masculinidad en una situación como esa: las disputas se convertirán en combates de una u otra manera, porque el mero acto de tratar de demostrar su propia masculinidad vis-à-vis otra persona con pene disparará las respuestas masculino-demostrativas de la otra persona (las cuales ya están encendidas, a decir por el abuso-sexual-en-progreso).

Y cuando una persona en capacitación supera su propio temor anticipado sobre lo que le pueda suceder si interviene—cuando en la vida real de hecho se levanta y dice o hace algo que interrumpa lo que pudo haber terminado de forma lastimera—aprende otra poderosa lección: «Yo hice eso. Yo dije eso. Yo detuve eso.» Puesto de otra manera: «Yo actué a partir de mi propia voluntad moral y puedo tomar responsabilidad personal por la consecuencia de esa acción.»

Por supuesto, esas palabras no son literalmente las que pasan por la mente del testigo. Pero hay una experiencia distinta capturada en el momento. Es la experiencia de actuar a partir de la conciencia y ser quien uno es.

Yo sostengo que cuando conectamos los puntos de momentos como ése—instancias reales de ética y responsabilidad materializadas—una nueva imagen del problema emerge junto con un nuevo reconocimiento de la solución.

Aprender cómo actuar a partir de nuestra voluntad moral con consistencia—cómo aprovechar nuestra capacidad para tomar decisiones éticas de manera que otras personas lleguen a esperar que lo hagamos—no se trata de un comportamiento generizado (no viene junto con ningún «sistema de fontanería» en particular),  ni es un comportamiento generizador (no hace que nadie sea nada más que humano).

Otra divagación.

¿Alguna vez han notado la frecuencia con la que las palabras «Los verdaderos hombres no…» aparecen en las campañas de prevención de la violencia masculina*? «Los verdaderos hombres no compran mujeres.» «Los verdaderos hombres no golpean a las mujeres.» «Los verdaderos hombres no violan.» Y la lista sigue. «Los verdaderos hombres no…» se ha convertido en un mantra de los Reformistas.

Pero existen tres problemas con «Los verdaderos hombres no…» El primero es que el tropo oculta y obscurece la verdadera dinámica entre la demostración de masculinidad y la violencia masculina. Los hombres violan para poder experimentarse a sí mismos como verdaderos hombres. Los hombres golpean a las mujeres para poder mostrar que ellos son el hombre ahí. Los hombres pagan por mujeres prostitutas y niñas para poder venirse como verdaderos hombres—la paga que se les promete y se promueve en la pornografía. (Y ese es el propósito funcional del llamado money shot: mostrar a una persona con pene eyaculando en circunstancias que lo autentifican como un verdadero hombre).

El segundo problema con «Los verdaderos hombres no…» es que mientras predica el coro de los Reformistas, está enviando un mensaje desesperanzado. Mantiene la toma moral de decisiones bajo el candado de la identidad de género en lugar de permitir expresar la identidad moral. Mantiene «quien soy aquí y ahora» dentro de la camisa de fuerza de «no soy nadie si no soy un hombre». A demás, al evocar la construcción de masculinidad verdadera, «Los verdaderos hombres no…» apunta y reifica la ansiedad que impregna la crianza de toda persona con pene: «¿Soy suficientemente niño?» «¿Soy suficientemente hombre?» «¿Cómo puedo convencerme a mí mismo y a otros?»

El último problema con «Los verdaderos hombres no…» apunta al problema fundamental con la idea de la «masculinidad saludable». Hablar sobre «masculinidad saludable» suena bien—por lo menos a oídos de los Reformistas y de las personas que desean amarlos. Les ofrece una tregua individual de los incesantes encabezados sobre crímenes masculinos en contra de las mujeres y otros hombres; funciona como una agradable exoneración de estar implicado. Ayuda a sentir que pertenecen a una tribu junto a otros devotos de la «masculinidad saludable”—una cómoda camaradería en la que pueden sentirse seguros de todos aquellos arriesgados desafíos que amenazan su masculinidad por doquier.

Y la mera idea de «masculinidad saludable» no libera la conciencia del género. La «masculinidad saludable» mantiene generizada la conciencia. Y en realidad no es así.

La conciencia es humana. Tan solo humana.

John Stoltenberg ha explorado la distinción entre la identidad de género y la identidad moral en dos libros: «Rechazando ser un Hombre: Ensayos sobre Sexo y Justicia» y «El Fin de la Masculinidad: Parábolas sobre Sexo e Identidad». Su nueva novela, GONERZ, proyecta una visión radical feminista en un futuro post-apocalíptico. John concibió y es el director creativo de la campaña mediática de prevención contra el abuso sexual «Mi fuerza no es para herir», y continúa su consultoría sobre causa y comunicación a través de media2change. Twittea en @JohnStoltenberg y @media2change.

Dos notas en uso:

* Comencé a utilizar el término «personas con pene» en El Fin de la Masculinidad para poder mantener claro que el conocido como sexo anatómico es meramente una característica (como color de ojos o de cabello), no un fundamento conductual.

** Y utilizo el termino «violencia masculina» en lugar del más común (pero menos preciso) «violencia de género».

IMPORTANTE: Ésta es una traducción del ensayo original, escrito el 9 de agosto, 2013, por JOHN STOLTENBERG.

Para ver el ensayo original, haz click aquí.

Imagen tomada de www.ontheissuesmagazine.com

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