El Ser Sexual Masculino

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La mayoría de los hombres y las mujeres no están teniendo sexo satisfactorio y complaciente. Todos hemos escuchado la idea de que el hombre llega a una relación buscando sexo y no amor y que la mujer llega a la relación buscando amor y no sexo. En la actualidad, los hombres recurren al sexo con la esperanza de que les provea toda la satisfacción emocional que debería provenir del amor. La mayoría de los hombres creen que el sexo les brinda la sensación de estar vivos, conectados, que les ofrece proximidad, intimidad, placer. Y casi siempre el sexo simplemente no otorga tales cosas. Este hecho no lleva a que los hombres dejen de obsesionarse con el sexo; sólo intensifica su lujuria y su anhelo.

Si a las mujeres se les ha enseñado mediante la socialización sexista que un viaje a través del difícil terreno del sexo nos llevará a lo que desea nuestro corazón, los hombres se les ha enseñado que su corazón debería desear sexo y más sexo. Con el despertar de la liberación sexual, la liberación de la mujer parecía prometer a los hombres heterosexuales y bisexuales que las mujeres comenzarían a pensar de la misma manera que los ellos respecto al sexo, y que la sexualidad femenina se volvería tan depredadora, tan obsesiva como el deseo masculino. Muchos hombres creyeron que ésta era la promesa del paraíso. Finalmente iban a poder satisfacer su apetito sexual sin tener que preocuparse por el compromiso. La lógica sexista los ha convencido y los sigue convenciendo de que pueden tener conexión e intimidad sin compromiso, que «Have dick will travel» significaba que sus necesidades podrían y serían satisfechas, a cualquier hora, en cualquier lugar.

En nuestra cultura estas actitudes hacia la sexualidad han sido adoptadas por la mayoría de los hombres y muchas mujeres post-liberación sexual, post-feministas. Ellas y ellos se encuentran en la raíz de nuestra obsesión cultural con el sexo. Cuando comencé por primera vez a escribir libros sobre amor, a hablar con personas individualmente y después ante grandes audiencias sobre la materia, me di cuenta de que era prácticamente imposible tener una discusión sobre amor—que las discusiones sobre amor, especialmente en conversaciones públicas, son un tabú en nuestra sociedad. Sin embargo todos hablan de sexo. Observamos todo tipo de escenas sexuales en la pantalla de la televisión y el cine. Hablar sobre sexo es aceptable. Programas de charlas atraen a los espectadores diariamente con discusiones explícitas sobre sexualidad. Las discusiones sobre sexo son fundamentalmente más fáciles de abordar porque en la cultura patriarcal el sexo se nos ha presentado como un deseo «natural». La mayoría de los hombres creen que están biológicamente programados para desear sexo pero no creen que lo estén para desear amor; la mayoría de los hombres no creen que una pareja pueda tener amor en una relación si no hay sexo.

El movimiento feminista fue capaz de desafiar y cambiar las nociones de desigualdad femenina en muchos frentes, particularmente en áreas como la laboral, educativa, y religiosa. No obstante, el sexismo sigue dando forma a la concepción que la mayoría de las personas tiene sobre las relaciones. Ya sea viendo las novelas del día, un canal de porno, o películas con contenido sexual, las niñas y niños en nuestra nación están más conscientes del cuerpo y la sexualidad que nunca antes. Sin embargo, mucho de lo que están aprendiendo sobre sexualidad se amolda a los lineamientos obsoletos patriarcales sobre la naturaleza sexual del hombre y la mujer, sobre lo masculino y lo femenino. Aprenden que en el mundo de las relaciones sexuales siempre hay una parte dominante y una sumisa. Aprenden que los hombres deberían dominar a las mujeres, que los hombres más fuertes deberían dominar a los más débiles. Aprenden que ya sea homosexual o heterosexual, un hombre privado del sexo terminará actuando sexualmente con quien sea. Si se le priva el tiempo suficiente, incluso si es heterosexual tendrá sexo con otro hombre; si es gay, la privación lo llevará a actos sexuales desesperados con una mujer. Una y otra vez niñas y niños escuchan el mensaje de los medios masivos de que cuando se trata de sexo, «el hombre debe tenerlo». Las personas adultas pueden discernir, por su propia experiencia, pero las niñas y niños se convierten en verdaderos creyentes. Creen que los hombres se volverán locos si no pueden tener actos sexuales. Esta es la lógica que produce lo que las pensadoras feministas llaman «cultura del abuso sexual».

Los hombres, sean gay o no, aprenden desde chicos que una de las recompensas primordiales que se les ofrece por ser obedientes al pensamiento y las prácticas patriarcales es el derecho a dominar sexualmente a la mujer. Y si no hay mujeres alrededor, tienen el derecho a colocar a un hombre más débil en el lugar de la «mujer». En la antología Víctimas No Más: Hombres en Recuperación de Incesto y Otros Tipos de Abuso Sexual Infantil, hombres que han sido víctimas de otros chicos más fuertes, hermanos, y otros compañeros hombres comparten cómo la lógica del pensamiento patriarcal sobre el derecho del fuerte a hacer lo que deseé con aquellos considerados débiles se les presenta a través de sus abusadores. Ed escribe sobre su hermano mayor abusando de él: «Aprendí sobre el sexo cuando tenía nueve años. Hacía sexo oral a los diez. Mientras otros chicos estaban afuera jugando con pistolas de juguete, yo aprendía a “complacer” a un hombre. Fui enseñado a ser una “mujer”. A mi hermano le gustaba actuar fantasías en las que él era el “hombre” y yo era la “mujer.”» Este hermano mayor se casó y llevó consigo a su matrimonio la noción de que era su derecho tener sexo con quien él deseara, aunque la otra persona quisiera o no. Su necesidad de dominar era la característica distintiva de todas sus relaciones sexuales.

En una cultura de dominación la lucha por el poder se personifica diariamente en las relaciones humanas, asumiendo con frecuencia sus peores formas en situaciones de intimidad. El hombre patriarcal que nunca responde a las exigencias de su jefe con ira manifiesta y abuso responderá furioso cuando personas cercanas a él quieran que cambie su comportamiento.  Los hombres que no mienten diariamente y engañan en sus trabajos lo hacen en sus relaciones íntimas. Estas mentiras usualmente están conectadas con comportamiento sexual inapropiado o incomodidad sobre su vida sexual. En su fuerte ensayo Quién Era Él, Erick Gutierrez cuenta cómo decía mentiras para encubrir la realidad de que su padre era gay: «Casi al mismo tiempo que empecé a mentir sobre mi padre comencé a mentir sobre mí mismo. No mentía indiscriminadamente… En lugar de inventar detalles que retrataran a mi papá homosexual, como los papas trabajadores podando el pasto que abundaban en nuestra calle, yo enaltecía sus reacciones violentas, sus debilidades, sus enojos, con real perversidad… Solía entretener a mis compañeros con historias de cómo mi padre nos amarraba o aventaba copas de cristal a mi madre aterrorizada… Era un mentiroso acomplejado, construyendo falsas identidades para mi papá y para mí exagerando la verdad de su propia trayectoria.» Mentir sobre la sexualidad es una parte aceptada en la masculinidad patriarcal. El sexo es donde muchos hombres se explayan porque es el único ámbito social donde la promesa patriarcal de dominación puede ser satisfecha. Sin esas ventajas, multitudes de hombres se habrán rebelado contra el patriarcado tiempo atrás.

Los niños pequeños aprenden pronto que la sexualidad es la batalla final en la que su masculinidad será puesta a prueba. Aprenden desde chicos que el deseo sexual no debe ser expresado libremente y que las mujeres tratarán de controlar la sexualidad masculina. Para los niños este problema de control comienza con el comportamiento de su madre hacia su pene; usualmente a ella le disgusta y no sabe que hacer con él. La incomodidad de su madre con su pene le comunica que hay algo inherentemente mal en él. Ella no le dice que su pee es maravilloso, especial, grandioso. El mismo miedo al pene de los niños es expresado en los padres que simplemente no se preocupan por educar a los chicos sobre sus cuerpos. Tristemente, opiniones ignorantes sobre abuso infantil llevan a muchos padres a tener miedo de celebrar el cuerpo de sus hijas e hijos, especialmente de los niños, quienes pudieran responder a los juegos de proximidad física con una erección. En la cultura patriarcal a todos se nos enseña a ver el pene, incluso el de un niño pequeño, como un arma potencial. Ésta es la psicología de la cultura del abuso sexual. Los niños aprenden que deberían identificarse con su pene y sus potenciales erecciones de placer, aprendiendo al mismo tiempo a temerle como su fuera un arma que puede dispararse en contra, dejándolos impotentes, destruyéndolos. Por ello el mensaje subyacente que los niños reciben sobre los actos sexuales es que serán destruidos si no tienen el control, ejerciendo poder.

La socialización sexual adolescente es el momento vulnerable en la vida de un chico donde se le pedirá que se identifique a sí mismo y a su sexualidad con la masculinidad patriarcal; es el lugar de encuentro de la teoría y la práctica. Durante estos años formativos, cuando la lujuria de un chico es frecuentemente intensa, aprende que la cultura patriarcal espera que cultive de forma oculta esa lujuria y su deseo de satisfacerla participando abiertamente en actos de represión sexual. Esta separación es parte de la iniciación a la masculinidad patriarcal; es un rito de entrada. El chico aprende también que las mujeres son el enemigo cuando se trata de satisfacer el deseo sexual. Son el grupo que impone al chico la necesidad de reprimir sus anhelos sexuales, y aún para probar su hombría, debe atreverse a dejar atrás la represión y llevar a cabo actos sexuales.

La represión sexual dinamita la lujuria de los chicos y los hombres. Dando luz al impacto negativo de esta socialización en el ensayo Combustible para la Fantasía: La Construcción Ideológica de la Lujuria Masculina, Michael S. Kimmel demuestra que la represión sexual crea el mundo en el que los hombres deben de involucrarse constantemente en fantasías sexuales, erotizando lo no-sexual. Explorando la conexión entre la represión sexual y el sexismo, explica:

El placer sexual rara vez es el objetivo en un encuentro sexual, algo mucho más importante que simple placer está en juego, el sentido de nosotros mismos como hombres. El sentido de escasez sexual y una necesidad de sexo casi compulsiva para probar la masculinidad se alimentan una a la otra, creando un ciclo auto-perpetuo de privación sexual y desesperación. Y hace que los hombres estén furiosos con las mujeres por hacer lo que se les enseñó que deben hacer en nuestra sociedad: decir no.

La desesperación y el coraje son sentimientos que los hombres traen consigo al acto sexual, ya sea  con mujeres o con otros hombres.

Animados a relacionarse al sexo de manera adictiva por el pensamiento patriarcal que dice «el hombre debe tenerlo», los hombres tienen entonces que ajustarse a un mundo donde rara vez pueden tenerlo, o nunca lo tienen tanto como quisieran, o donde pueden tenerlo solamente forzando y manipulando a alguien que no lo quiere, usualmente a una mujer. En El Lugar del Alma Gary Zukav y Linda Francis describen características de individuos adictos a obsesiones sexuales: «No pueden descansar de estar pensando en sexo. Se mueven de un encuentro a otro. Cada experiencia sexual brinda sólo alivio temporal para su hambre, la cual pronto regresa. No existe una cantidad de actividad sexual capaz de satisfacerla.» Explican que «el apetito sexual no es por el sexo en sí, sino por algo más profundo». El hecho de que el hambre siempre regresa es una pista de que la sexualidad adictiva no se trata simplemente de sexo. Para el hombre patriarcal, sea gay o no, la sexualidad se trata fundamentalmente sobre la necesidad de afirmarse y reafirmarse a sí mismo constantemente. Si solamente a través del sexo puede experimentar la auto-consciencia, entonces el sexo debe de estar en primer plano. Zukav y Francis explican: «Entre más intenso sea el dolor del miedo, la falta de mérito, y la sensación de no poder ser amado, se vuelve más obsesiva la necesidad de tener interacción sexual.»

El sexo, entonces, se convierte para muchos hombres en una forma de auto-consolación. No se trata sobre conectar con alguien más sino sobre liberar su propio dolor. El adicto frecuentemente es un individuo en dolor agudo. Los hombres patriarcales no tienen vía de salida para expresar su dolor, así que simplemente buscan alivio. Zukav y Francis enfatizan en que el adicto sexual teme ser incompetente y teme el rechazo: «Entre más fuertes son estas emociones, cuando no hay voluntad de sentirlas, más fuerte es la obsesión con el sexo.» La obsesión sexual masculina tiende a ser vista como normal. De ese modo la cultura entera colude en exigir a los hombres que descarten y repudien sus sentimientos, desviándolos todos hacia el sexo. Steve Bearman señala este punto en el ensayo Por Qué los Hombres Están Tan Obsesionados con el Sexo, explicando que «incluso aunque no nos involucremos de forma compulsiva en sexo casual anónimo, pornografía, masturbación, o intentos fetichistas para recobrar lo que hemos olvidado, el sexo toma sin embargo un perfil adictivo.

Ya que no es posible ni biológica ni prácticamente para los hombres, dadas las pocas horas al día disponibles para actividades de ocio, tener constantes interacciones sexuales, la pornografía patriarcal disponible en mil formas se convierte en el sitio de sublimación, el lugar de donde el adicto sexual puede obtener un rapidín. Los hombres patriarcales pueden ver pornografía donde sea durante todo el día. Pueden ver películas o vídeos, ojear revistas, mirar a mujeres reales con una mirada pornográfica, desvestirlas, follarlas, dominarlas. Kimmel sostiene que el consumo de pornografía por parte de los hombres se alimenta del deseo sexual que se les enseña a sentir todo el tiempo y de la ira de que este deseo no pueda ser satisfecho:

La pornografía puede sexualizar esa ira, y puede hacer que el sexo se parezca a la venganza… En cualquier parte, los hombres tienen poder, controlando virtualmente las instituciones de la sociedad económicas, políticas y sociales. Aún así los individuos hombres no se sienten poderosos—lejos están de ello. La mayoría de los hombres se sienten impotentes y con frecuencia están molestos con la mujer, quien perciben poseer poder sexual sobre ellos: el poder de excitarlos y de darles o privarles de sexo. Esto detona tanto las fantasías sexuales como el deseo de venganza.

Muchos hombres están furiosos con la mujer, pero de forma más profunda, las mujeres son víctimas de la desviada ira masculina hacia el fracaso del patriarcado en cumplir su promesa de satisfacción, especialmente la interminable satisfacción sexual.

Los hombres deben de estar tan aterrorizados de confrontar los hechos en sus vidas y decir la verdad de que poseer el derecho de involucrarse en rituales de dominación y subordinación no es aquello que el patriarcado prometió que sería. Si, como dice Terrance Real, el patriarcado fuera una enfermedad, sería una enfermedad de «desorden de deseo»; para curar esta enfermedad, entonces, deberíamos todos reconsiderar la forma en que vemos a los hombres y el deseo masculino. En vez de ver la violencia que ejercen los hombres como expresión de poder, deberíamos llamarla por su verdadero nombre—patología. La violencia patriarcal es una enfermedad mental. El hecho de que esta enfermedad manifieste sus expresiones más desordenadas en la vida sexual de los hombres es de mucha importancia ya que dificulta la documentación, pues no atestiguamos lo que ellos hacen en su vida sexual de la misma forma que atestiguamos lo que hacen en si vida laboral o civil. Tomar la sexualidad positiva inherente de los hombres y convertirla en violencia es el crimen patriarcal que se perpetua contra el cuerpo masculino, un crimen que multitudes de hombres deben tener la fuerza de reportar. Ellos saben lo que está sucediendo. Simplemente no se les ha enseñado a hablar la verdad sobre sus cuerpos, la verdad sobre su sexualidad.

En el poderoso y valiente ensayo de Robert Jensen Sexo Patriarcal ubica este mensaje en su sitio. Definiendo el sexo patriarcal, escribe: «El sexo es follar. En el patriarcado, existe un imperativo de follar—en el abuso sexual y en el sexo “normal”, con desconocidas y novias y esposas y esposas de otros y niñas y niños. Lo que importa en el sexo patriarcal es que el hombre necesita follar. Cuando esa necesidad se presenta por sí sola, ocurre el sexo.» Claramente, Jensen explica:

La atención al significado de la jerga central masculina para las relaciones sexuales—”chingar/follar/coger”—es instructiva. Chingarse a una mujer es tener sexo con ella. Chingarse a alguien en otro contexto… significa herir o estafar a una persona. Y cuando se arroja como un simple insulto, la intención es denigrar y el comentario suele ser preludio de violencia o amenaza de violencia. El sexo en el patriarcado es chingar/follar/coger. Vivir en un mundo en el que las personas siguen utilizando la misma palabra para el sexo y la violencia, y además resistir a la noción de que el sexo es rutinariamente violento y decir estar indignados cuando el sexo se vuelve abiertamente violento, es el testimonio del poder del patriarcado.

Debería agregar que es un testimonio supremo del poder del patriarcado que puede convencer a hombres y mujeres de que pretendan que la violencia sexual satisface.

Muchas canciones de la música popular desde el rock hasta el rap comparten este mensaje. Ya sea la letra de Iggy Pop, «Tengo la verga en mi bolsillo y está empujando a través de mis pantalones. Sólo quiero follar, esto no es ningún romance» o la letra del grupo de rap Mystikals, «Cuando termine, y ya haya acabado con eso, voy a madrear a una rubia y a golpear la pucha de alguna perra.» Por supuesto que la verdad en la vida de los hombres es que la sexualidad patriarcal no los ha satisfecho. Ha detonado la necesidad compulsiva de ser más sexual, de ser más violento con la esperanza de que haya una forma de obtener mayor satisfacción. La pornografía patriarcal, ya no más aislada sino omnipresente en los medios masivos populares, se ha diseminado tanto porque los hombres lavados de cerebro por el pensamiento patriarcal no pueden encontrar el coraje para decir la verdad. No pueden encontrar el coraje para decir, «no puedo obtener satisfacción». La pornografía patriarcal se ha convertido en una parte del día a día de la que no se puede escapar debido a que la necesidad de crear una cultura falsa donde el deseo sexual masculino es satisfecho interminablemente detiene a los hombres de exponer la mentira patriarcal y buscar identidades sexuales saludables.

Las sub-culturas gay han articulado históricamente con mayor honestidad y audacia el deseo sexual masculino compulsivo. Y contrariamente a la imaginación popular, en lugar de ser antipatriarcales, el sexo depredador homosexual es la máxima expresión del ideal patriarcal. Jensen observa que «gay-o-hétero no importa mucho. La cuestión de la resistencia al sexo patriarcal es tan importante aquí ya que los hombres gay follan de la misma manera que los hombres hétero lo hacen. Todos recibimos prácticamente el mismo entrenamiento… Follar se ha convertido en eso que los hombres hacen; hay quienes inclusive argumentan que si no follas, no eres gay.» La mayoría de las veces, los hombres gay, a menos que hayan decidido a consciencia lo contrario, son tan patriarcales en su pensar sobre masculinidad, sobre sexualidad, como sus compañeros heterosexuales. Su afiliación al patriarcado es un desorden intenso de deseo, ya que están enamorados de la misma ideología que alberga y promueve la homofobia. Ahora que se les ha forzado a los hombres heteropatriarcales a través de los medios a enfrentar el hecho de que los hombres homosexuales no son «chicas con pito», que pueden personificar la masculinidad patriarcal, la dominación sexual de los hombres hétero hacia las mujeres biológicas se ha intensificado, la cual realmente es el único factor que distingue a los hétero de los gays.

De forma concurrente, la homofobia se amplifica entre los hombres heterosexuales ya que su abierta manifestación es útil como medio para identificar, entre hombres aparentemente igual de machos, quién es gay y quién es hétero.

La pornografía patriarcal es un espacio de masculinidad compartido entre hombres hétero y gay. Las imágenes que los gays buscan son de hombres, pero hombres dispuestos de la misma manera que los cuerpos de hombres y mujeres en la pornografía heterosexual. Ya sea al servicio de hombres gay o hétero, la pornografía patriarcal es fundamentalmente una representación de la cultura de dominación en el reino de lo sexual.

La «necesidad» masculina de pornografía patriarcal que erotiza la dominación no es muestra de poder masculino. Aunque que el odio a la mujer puede llevar a actos de dominación que hieren, lastiman y destruyen, no hay poder constructivo aquí. Trágicamente, si multitudes de hombres creen que su identidad y su sexualidad patriarcal son la misma cosa, jamás encontrarán el valor para generar una sexualidad liberadora y satisfactoria. Es esta realidad la que lleva a los hombres de consciencia en la sociedad patriarcal a temer al sexo con la misma intensidad con la que las mujeres frecuentemente le temen. Como Jensen testifica:

Tengo miedo del sexo en su forma definida por la cultura dominante, que se practica por todos lados, y que se proyecta en portadas de revista, espectaculares y pantallas de cine. Tengo miedo del sexo porque le temo a la dominación, crueldad, violencia y muerte. Tengo miedo del sexo porque el sexo me ha hecho daño  ha herido a muchas personas que conozco, y porque he herido a otras personas en el pasado a través del sexo. Sé que hay personas allá afuera que han sido heridas por el sexo de formas que se encuentran más allá de las palabras, que han experimentado un profundo dolor que yo jamás entenderé del todo. Y sé que hay personas que han muerto a causa del sexo. Sí, tengo miedo del sexo. ¿Cómo podría no tenerlo?

Pese al valiente testimonio de Jensen y otras personas, pese a la crítica radical del sexo patriarcal, la mayoría de los hombres no rompen la negación ni hablan la verdad sobre el sexo. Se lo están tragando, el dolor, el desconsuelo, la confusión: están siguiendo las reglas patriarcales.

En vez de cambiar, los hombres y mujeres patriarcales se han aprovechado de la lógica de la equidad de género en el ámbito sexual para animar a las mujeres a ser partidarias del sexo patriarcal y pretender, como sus compañeros hombres, que se trata de libertad sexual. Vídeos musicales y programas de televisión como Sex and the City (escritos y producidos por hombres y mujeres patriarcales) enseñan a las mujeres, especialmente a las jóvenes, que la compañía femenina deseable es aquella dispuesta a jugar un rol dominante o subordinado, aquella que puede ser tan despreocupada respecto al sexo como cualquier hombre patriarcal. Socializar a la mujer a conformarse con las normas sexuales masculinas es una de las formas en las que el patriarcado anhela desatar su ira. Ya que esta ira encubre el dolor que podría ser el catalizador para un despertar crítico, tiene que ser mitigada. No es sólo el contragolpe antifeminista lo que ha llevado a la normalización de la violencia sexual pornográfica en nuestros medios masivos y en la práctica sexual común; el deseo de evitar que los hombres sientan y le pongan nombre a su dolor dispara la necesidad de lavado de cerebro constante.

El desencanto masculino, frecuentemente expresado como ira, es una amenaza mucho mayor al orden sexual patriarcal que el movimiento feminista. Mientras multitudes de hombres siguen usando el sexo y la pornografía patriarcales para entumecerse a sí mismos, muchos hombres están cansados del entumecimiento y están tratando de encontrar una manera de recobrar su identidad. Este proceso de recuperación incluye encontrar una nueva sexualidad. La incidencia hacia el cuerpo del hombre de enfermedades modernas, apetito sexual disminuido, y la impotencia absoluta han causado que los hombres como individuos no sólo cuestionen el sexo patriarcal sino que busquen nuevas formas sexuales de ser que puedan satisfacerlos.

Si los hombres sin consciencia están sufriendo su versión del «problema que no tiene nombre» en lo que respecta a la sexualidad, pueden aliviar su dolor rompiendo el cristal de la negación y repudiando el libreto patriarcal de dominación y sumisión. Con aplicada suspicacia Bearman en el ensayo «Por Qué los Hombres Están tan Obsesionados con el Sexo» recuerda a los hombres que tienen una opción:

Directa e indirectamente, se nos ofrece la sexualidad como el vehículo a través del cual puede ser posible aún expresarse y experimentar aspectos esenciales de nuestra humanidad que lenta y sistemáticamente se nos han condicionado. El sexo era, y es, presentado como el camino hacia la intimidad verdadera, la cercanía completa, como el sitio en el cual está bien amar abiertamente, ser tierno y vulnerable y aún así mantenerse seguro, no sentirse tan profundamente solo. El sexo es aquel lugar donde la sensualidad parece permisible, donde podemos ser gentiles con nuestros propios cuerpos y permitirnos a nosotros mismos liberar una pasión desbordante. Ésta es la razón por la cual los hombres están obsesionados con el sexo… Pero no hay modo alguno en el que el sexo pueda satisfacer por completo estas necesidades. Tales necesidades sólo pueden ser satisfechas sanando de los efectos de condicionamiento y sofocamiento masculino de cada área de nuestras vidas con proximidad y vitalidad.

La sexualidad compulsiva, como cualquier adicción, es difícil de cambiar para los hombres pues ocupa el lugar del proceso de sanación que se requiere si es que los hombres han de amar sus cuerpos y de dejar que ese amor los lleve a una mayor comunión con otros cuerpos humanos, con los cuerpos de mujeres y niños.

Bearman recuerda a los hombres que «no importa cuando sexo tengas, no será suficiente para llenar tu enorme necesidad de amor y de cercanía y de expresar tu pasión y placer  con todos tus sentidos y sentir las fuerzas vitales atravesar tus músculos y tu piel.» Si las multitudes de hombres pudieran recobrar esta pasión fundamental por sus propios cuerpos, ese cambio hacia una sexualidad no patriarcal nos podría llevar a una verdadera revolución sexual. Para recuperar el poder y la pasión de una sexualidad masculina impoluta por el acoso patriarcal, debe permitirse a los hombres de todas las edades hablar abiertamente sobre su anhelo sexual. Deben tener la capacidad de ser seres sexuales en un espacio donde el pensamiento patriarcal no pueda ya hacer que violar sea la única forma de obtener placer sexual. Esta es una labor ardua. Y hasta que los hombres aprendan cómo llevarla a cabo, no estarán satisfechos.

IMPORTANTE: Esta traducción es un capítulo del libro La Voluntad de Cambiar: Los Hombres, la Masculinidad y el Amor, escrito por bell hooks.

Prolífica escritora y activista del feminismo, el extenso trabajo de bell hooks se centra en el estudio de sistemas de dominación y opresión, especialmente aquellos donde existe una conjunción de aspectos relacionados con la raza, la clase social y el género.

Esta obra en particular busca evidenciar la manera en que el patriarcado afecta y sigue afectando el desarrollo no sólo de las niñas y mujeres, sino también de los niños y hombres en nuestra sociedad. Invita a repensar los valores y comportamientos  de estos en la vida diaria, para poder concebir un mundo donde las personas puedan vivir sanas y en plenitud.

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